lunes 31 de octubre de 2011

La fuente de la razón








La novela de “El Manantial” de Ayn Rand llevada al cine bajo la dirección de King Vidor es un canto a la libertad y en esencia a la limpieza y pureza del individualismo como la base de la única posibilidad de salvación de una civilización, es un canto a la única moralidad posible, la no inducida bajo presión del conjunto de los otros. Es la más noble de las apuestas, consiste en poder dar a cada uno lo que es suyo, no en dar a los que no les corresponde lo que otros han creado y que normalmente se utiliza además como herramienta contra el creador.

A lo largo de la historia siempre ha existido esa lucha callada, oculta y escondida entre el verdadero creador de ideas y la colectividad como una especie de ente presuntamente superior y a la postre realmente inexistente como ser real.

Los devaneos culturales, sociales o religiosos, da igual, siempre se han planteado quién está por encima del individuo dándolo por hecho, unas veces plantean que es esa misma colectividad como esencia de lo humano (siempre olvidando al humano) la que está por encima del hombre y en ese camino sin fin propugnar que en el futuro todos serán felices, tú no, aún no te corresponde, tu único objetivo es trabajar para ello. Otros también olvidando al ser humano propugnan que estás aquí en tu vida de prestado, que eres poco más o menos que una pulga para ser pisoteado porque no tienes derecho a nada, ni a tu vida ni al fruto de tu trabajo, sólo el sacrificio por los demás te hará conseguir tu felicidad, pero tampoco aquí y ahora, sino cuando seas un fantasma en el paraíso.

Ambas posturas parten de la hipótesis de que lo más sano y hermoso es que la colectividad extraiga de ti lo máximo según tu capacidad, a mayor capacidad mayor extracción y te dan como premio un futurible hermoso en un caso o una vida mejor cuando ya no existas. Y recibirás según tus necesidades, dicen, en la vida celestial unos y según lo que determine el Komintern que son tus necesidades según otros.

En ambos casos se considera al hombre poco más o menos que esa masa informe, moldeable que debe abjurar de su raciocinio como el más peligroso de sus atributos, y así sólo cuando no pueda pensar, el ser humano será feliz, habrá alcanzado según ellos ese estado de limpieza y pureza necesarios para conseguir sus objetivos, no los del ser humano individual.

Ambas posturas arrancan de la presunta intención de conseguir el bien. Pero el bien no para ti, sino para los otros. ¿Quiénes son los otros?...nadie, pues también los otros deben tener esa obligación de hacer el bien a ese nadie etéreo.

Lo moral, entonces propugnan que es lo opuesto a tu propia moralidad adquirida con el único arma que te fue dado para vivir: tu raciocinio. Eres paja para quemar en las manos de la colectividad, eres menos que una pulga…no eres nada.

Sin embargo, el tiempo siempre viene a dar la razón a la inteligencia, al conocimiento y henos aquí con que los regímenes del santuario de lo colectivo en la tierra se han ido al traste manteniendo apenas un sueño imposible por bandera incluso política y los defensores del paraíso prometido han tenido, por su parte que ir pidiendo perdón por cada agresión extemporánea cuando las pruebas de la razón hacen inviable sus planteamientos ex catedra y saliendo al paso en la defensa de los Galileos esencialmente íntegros.

Sin embargo existen muchos Roark radicalmente integros que no son capaces de realizar una lobotomía de su propio cerebro, que a solas saben que “sin embargo se mueve”, que el cerebro activo es su mejor regalo o don, si quieres, celestial o creador y que su verdadera misión es ponerlo en marcha a cada instante de su vida.

Es la razón la esencia de lo humano, despreciarla es sustituir el hombre por una panda de corderos en manos del primero que consiga convencerte de que no vales nada, que eres masa moldeable de los deseos de los inútiles.

El edificio Wynand de tu vida será en definitiva lo que tu le des, lo que tu cerebro cree, será la única forma de que concluyas que has vivido.