


Cuando me planteé empezar a escribir este blog tenía más o menos claro cual era el objeto del mismo que no era otro que el de plantear un conjunto de escenarios diarios y vivenciales muy en relación directa con el título del mismo y con la novela que en cierto sentido lo sustenta, al fin y al cabo se trataba de intentar explicar como casi en el día a día la representación de una filosofía Randiana tenía una manifestación clara, que era posible explicar cada hecho histórico, o diario del día a día en claves de una filosofía hacia la que, mucho antes de conocerla, yo personalmente me sentía imbricado. Dicho de otra forma, encontré en Rand una especie de cerebro en resonancia con el mío y en verdad esto es así. Es posible que no esté de acuerdo en algún aspecto puntual de Rand, pero sus planteamientos son claros y nítidos como un cristal y voy encontrando casi día a día que esto es así. Es decir, de vez en cuando descubro como aquello que una vez pensé, de repente, lo encuentro planteado en algún texto de Ayn Rand que tiene alguna relación y la mayoría de las veces esa relación es exacta y coincidente conmigo. No siempre me alegra, me gusta ser original, único e intransferible.
Este blog se circunscribe a la experiencia del hombre en la tierra, es nuestro campo de desarrollo y por otra parte el único que realmente somos conscientes que conocemos. No quiero ni pretendo exceder de ese campo, o dicho de otro modo no tan sutil, los asuntos de fé no son objeto de estos planteamientos en los que la razón son la esencia del blog. No son esencialmente incompatibles la fé y la razón salvo que sustituyamos la razón por la fé, con lo que no estaríamos ejercitando precisamente aquello que es la esencia del ser humano, el don que le fue dado: su cerebro.
Ni por asomo indicaré aquí planteamientos religiosos. No son objeto del blog. Eso pertenece exactamente a niveles que entiendo que son profundamente individuales y personales de cada uno. Sólo voy a decir que soy profunda e infinitamente respetuoso con cualquier persona en los asuntos religiosos, son en cierto sentido un legado que cada cual posée en mayor o menor grado, que puede llegar a hacer a la gente inmensamente feliz y uno no es nadie para entrometerse en la profunda y eterna libertad del individuo, cosa que sí que estoy dispuesto a defender a ultranza.
Después de alguna pequeña charla con un lector de este blog, comencé a escribir sobre este tema y he aquí con que me encuentro con una carta de Ayn Rand a un Reverendo que viene a expresar todo esto mucho mejor que yo. Como siempre, otra vez más, reconozco que Ayn Rand ya había pasado por ello e incluso lo puso por escrito, con lo que he aquí el resultado, una carta de la filósofa encontrada entre las páginas de Internet:
23 de octubre de 1943
Estimado Reverendo Dudley:
Gracias por su carta tan interesante. Por desgracia, usted la envió a la imprenta, no a la editorial de mi libro, así que no la recibí hasta hoy. Espero que esto le llegue a tiempo para su presentación.
Usted pidió información sobre mi historial. Soy rusa de nacimiento, pero ciudadana americana ahora. Llegué a este país en
En cuanto a sus interesantes preguntas filosóficas: Usted se pregunta “qué vamos a hacer con los dos mil millones que poblarán la tierra, en vista de mi tesis”. Lo único que podemos hacer con ellos es no hacer nada. Lo único bueno que podemos hacer con la humanidad es dejarla tranquila, o sea, dejarla libre. Los hombres tienen la capacidad de resolver sus propios destinos, y nadie más puede resolverlos por ellos, y el único obstáculo que los detiene y los destruye es la interferencia de otros hombres. Todas las tiranías han sido originadas, no con una maldad, sino con un propósito altruista: con el deseo de “hacer algo” con la humanidad. Cuando los hombres reconozcan que hacer cosas con otros y por otros es inapropiado e inmoral y sólo puede conducir a las más malvadas consecuencias, entonces la mayoría de los problemas de la humanidad estarán resueltos.
América, como era, en la forma y en los principios establecidos por su Constitución, nos ha mostrado la forma correcta de vivir a toda la humanidad. Libertad individual y derechos individuales inalienables, independencia de acción y elección individual, no “planificación” o “directivas” ni ningún otro “objetivo social” – ésa es la fórmula completa de la decencia y la felicidad humanas. América ha mostrado que funcionó, y lo maravillosamente que funcionó. El resto del mundo tiene el ejemplo de América. Pueden seguirlo, si quieren. Si no quieren, no hay nada que podamos hacer por ellos. Uno no puede forzar a los hombres – o a naciones – a vivir como seres humanos, si prefieren ser cerdos en una pocilga colectivista.
No estoy de acuerdo en que la ciencia y las máquinas estén produciendo lo que tan acertadamente llama usted “mentalidad de masa”, que a su vez influenciará la política, la economía y las relaciones sociales. Esa sería una explicación materialista, marxista. Es el pensamiento de los hombres lo que determina el curso de los acontecimientos, y nuestro pensamiento se ha vuelto cada vez más colectivista a lo largo de más de un siglo. El repugnante desastre intelectual en el que el mundo se encuentra ahora es el resultado final, el callejón sin salida del colectivismo filosófico. Parásitos han existido siempre, pero nunca fueron un peligro para la humanidad hasta que los mejores hombres, los pensadores y los productores, empezaron a predicar la doctrina del parásito: el colectivismo y el altruismo. Lo que necesitamos ahora para salvar al mundo es un renacimiento de los principios del individualismo.
Me interesó mucho su pregunta sobre la relación entre el ego y el “ego supremo”. Creo que mi afirmación sobre la moralidad apropiada para el hombre no contradice ninguna creencia religiosa, si esa creencia incluye fe en el libre albedrío del hombre. Mi moralidad se basa en la naturaleza del hombre, en el atributo fundamental de su naturaleza que le distingue de los animales: su facultad racional. Dado que el hombre es un animal racional, su moralidad debe ser individualista, puesto que la mente es un atributo del individuo, y no existe un cerebro colectivo. Si alguien mantiene que el hombre ha sido creado por Dios, dotado de un alma inmortal, y con la razón siendo un atributo de su alma, sigue siendo verdad que él debe actuar de acuerdo con su naturaleza, la naturaleza que Dios le dio, y que haciendo eso estará haciendo la voluntad de Dios. Pero eso implica que Dios dotó al hombre de libre albedrío y con la capacidad de decidir. Eso no se mantiene con una creencia en Dios como un soberano determinista. Pero tal creencia hace que toda moralidad sea imposible. La moralidad y el determinismo son mutuamente exclusivas por definición. Si hay un destino cósmico, su sentido es la libertad del hombre. Si, sin embargo, asumimos un destino cósmico que tiene algún destino propio que el hombre no puede cambiar o influenciar, entonces el hombre no es libre; en ese caso, el hombre puede actuar sólo como está prescrito, y, si es así, no puede ser responsable por sus acciones, ni ser considerado moral o inmoral. Pero esta es una creencia que ninguna persona verdaderamente religiosa podría aceptar. Un Dios benevolente no crearía un universo de esclavos.
El Cristianismo fue la primera escuela de pensamiento que proclamó la suprema santidad del individuo. El principal deber de un cristiano es la salvación de su propia alma. Ese deber está por encima de cualquier deber que pueda tener con sus hermanos. Esa es la afirmación básica del verdadero individualismo. La salvación de la propia alma significa la preservación de la integridad del propio ego. El alma es el ego. Por lo tanto, el Cristianismo predicó el egoísmo en mi sentido de la palabra, en un sentido alto, noble y espiritual. Jesucristo dijo que amaras a tu prójimo como a ti mismo, pero nunca dijo que amaras a tu prójimo más que a ti mismo, que es la monstruosa doctrina del altruismo y el colectivismo. El altruismo – la demanda de auto-inmolación por otros – contradice la premisa básica del Cristianismo, la santidad de la propia alma. El altruismo introdujo una contradicción básica en la filosofía cristiana, que nunca ha sido resuelta. Toda la historia del Cristianismo en Europa ha sido una continua guerra civil, no sólo en realidad, sino también en espíritu. Creo que el Cristianismo no recuperará su fuerza vital espiritual hasta que haya resuelto esa contradicción. Y puesto que no puede rechazar la concepción de la santidad fundamental del alma individual – esa concepción contiene la raíz, el significado y la grandeza del Cristianismo – deberá rechazar la moralidad del altruismo. Debe enseñarles a los hombres no a servir a otros ni a mandar en otros, sino a vivir juntos como iguales independientes, que es el único estado posible de una verdadera hermandad. Hermanos no son servidores uno del otro ni dependientes uno del otro. Sólo los esclavos lo son. La dependencia engendra odio. Sólo los hombres libres son capaces de ser benevolentes. Sólo los hombres libres pueden amarse y respetarse los unos a los otros. Pero un hombre libre es un hombre independiente. Y un hombre independiente es aquel que vive esencialmente por sí mismo.
Mejor termino ahora, porque podría hablar de este tema extensamente, y me alegro de tener la primera oportunidad de tratarlo con un religioso. Está claro que todo esto no es para ponerlo en sus comentarios sobre mi libro, pero puede usar cualquier parte que le sirva para sus objetivos.
Estoy muy agradecida por su interés en “El Manantial” y agradezco profundamente el deseo que usted expresó de ampliar su círculo de lectores.
Cordialmente,
Ayn Rand
1 comentarios:
Más claro agua: "El Cristianismo fue la primera escuela de pensamiento que proclamó la suprema santidad del individuo. El principal deber de un cristiano es la salvación de su propia alma. Ese deber está por encima de cualquier deber que pueda tener con sus hermanos. Esa es la afirmación básica del verdadero individualismo. La salvación de la propia alma significa la preservación de la integridad del propio ego. El alma es el ego. Por lo tanto, el Cristianismo predicó el egoísmo en mi sentido de la palabra, en un sentido alto, noble y espiritual. Jesucristo dijo que amaras a tu prójimo como a ti mismo, pero nunca dijo que amaras a tu prójimo más que a ti mismo, que es la monstruosa doctrina del altruismo y el colectivismo"
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