lunes, 9 de marzo de 2015

Una rehabilitación: Palacio de Arenales











  A la hora de proceder a la restauración de un edificio histórico y desde mi punto de vista hay que indicar una serie de bases de partida, que a modo de principios generales dominen sobre toda la actuación.
  Intervenir en un edificio histórico puede hacerse de muchos modos, puede uno entrar en él y utilizarlo como mera excusa para plantear otra Arquitectura o puede uno intentar dos vias de actuación: una de ellas es la de analizar el desarrollo del edificio, cortar lo insano o mal ejecutado y reforzar lo realmente importante con un sentido de mejorar lo existente sin perder su primordial importancia sobre lo que se realice de nuevo; o bien, puede uno intervenir como un médico de cabecera y reponer sencillamente lo existente . En definitiva, se trata de intervenir en un edificio o como arquitecto o como médico.
  Sin lugar a dudas, lo que anima la intención o emoción estética de quienes ni siquiera se plantean estas cuestiones, es la de mantener a ultranza lo existente. Reparar a secas, y si es necesario reponer como uno presume que fue, por anastilosis, se transforma en el método preferido de quienes ni siquiera se plantean la existencia de una Arquitectura con mayúsculas, son personas para las que la Arquitectura es algo del pasado y lo que hoy se hace, es… no sabemos qué. Personalmente eso es algo que me repugna. Hoy día un objeto no tiene valor en sí sino en función de su mayor o menor antigüedad, aunque sea mortalmente horrible.
  Sin embargo, es posible intervenir en un edificio, estudiar su configuración a lo largo del tiempo, ver dónde y en que momento se cometieron errores y aprovechar nuestra formación arquitectónica para darle una salida razonada y estética que produzca un arte-facto que como mínimo no esté devaluado frente a lo existente en un principio, sino mas bien, al contrario, marque un hito histórico en el desarrollo del edificio, como un punto de inflexión a partir del cual la edificación recupera su dignidad e incluso mejora su interés desde un punto de vista Arquitectónico. Soy ferviente seguidor de esta segunda alternativa.
  Por todo ello, el método o principio generador de la intervención en un edificio histórico es la de utilizar el análisis del edificio y su estudio para comprender los errores cometidos en el pasado, para subsanarlos, para preguntarle al edificio lo que él quiere ser, escucharle y responderle con dignidad y honestamente. Como principio de intervención es éste el utilizado en el Hotel de 5 estrellas Palacio de Arenales de Cáceres.


viernes, 6 de marzo de 2015

Casa Helena





  Casa Helena es una escultura, un bloque, un paralelepípedo moldeado.
  Algunas ordenanzas de planeamiento urbanístico suelen ser bastante deterministas y en este caso, la cuestión era una más, un ejemplo más.
  Cuando se hace planeamiento, un Plan Parcial, por ejemplo, hay la tendencia a querer diseñar también todos y cada uno de los edificios, es curioso, pero en vez de ordenar los espacios públicos como sería su estricta obligación, se tiene por parte de los redactores a imaginar ya el núcleo urbano construido y a imponer condiciones de volumen que deja pocas alternativas a la libertad del diseñador para, verdaderamente, hacer Arquitectura.
  Y la consecuencia más directa es que, dado que se trabaja en planta, sin muchas alusiones a las verdaderas características de los desniveles (por ejemplo), se obvian muchos problemas, o a veces muchas posibilidades alternativas en la realización de buenos proyectos.
  Y así llegamos a la generación casi habitual de paralelepípedos normativos en donde el diseñador posterior debe encajar el volumen permitido. Bueno, eso no estaría del todo mal si no fuera porque el volumen capaz es casi siempre el volumen permitido, o sea, posibilidades casi nulas de expresión arquitectónica. Este era prácticamente el caso del solar en donde se implanta Casa Helena.
  La resolución de la organización en planta es bastante simple, basta un sencillo “savoir faire” para solucionar la distribución sin muchos problemas, aquí sin embargo el reto estaba en el volumen en su conjunto, el paralelepípedo acabado.
  Lo planteé como un bloque de piedra que se moldea exteriormente, permitiendo sutiles juegos de movimientos de la piel de fachada. Ese era el resultado apreciable en las fotografías.
  El encargo, se realizó en una época en la que los honorarios colegiales estaban tasados, era una obligación cobrar como mínimo al cliente lo que el Colegio tenía establecido.
  Aquí hay que hablar del dinero y su valor.
  Como diría mi heroína personal Ayn Rand, el dinero es un instrumento de intercambio que no puede existir sin los bienes producidos ni sin las personas que los producen, es la forma material del principio en virtud del cual, la única forma de tratar entre personas es dar valor por valor…esta es la clave del asunto.
  El acuerdo al que llegué con la cliente es que yo le haría el proyecto, lo discutiríamos y cuando los dos estuviéramos satisfechos con la solución, mi valor, lo que yo le iba a exigir como resultado de mi trabajo era sencillamente, que la obra se realizase exactamente como la había proyectado, (entre nosotros, el valor conseguido desde mi punto de vista era enorme en aquellos días). Evidentemente, se instrumentó lo necesario para que el Colegio de Arquitectos no interfiriese en nuestro acuerdo. El resultado: la primera obra en mi vida que se ejecutó exactamente como yo quería…mi premio.
  Es en cierto sentido, un sentido divertido por cierto, una forma de lograr el valor por nuestro trabajo sin que sea posible que el Estado nos extraiga parte del resultado de ese valor logrado con nuestro único esfuerzo. Así no hay posibilidad de saqueo. No hay posibilidad de que unos (los que generamos bienes y recursos) nos transformemos en esclavos de los más incompetentes, los que no son capaces de utilizar el cerebro por sí mismos y nos exigen que los mantengamos con vida.
  Hoy día sería imposible poder aplicar algunos resultados del diseño del edificio, las insoslayables y crecientes normas de obligado cumplimiento, muchas veces pensadas para suplir el cerebro del inquilino real, del que auténticamente va a usar el inmueble, como si éste no supiera lo que le conviene, hoy día no permiten, por poner un ejemplo, esas barandillas, porque algún niño las puede escalar…dicen…en lugar de permitir que sencillamente sean los padres quienes eduquen a sus hijos en lo que se puede o no hacer….el Gran Hermano, el auténtico, piensa por ti hoy día.


miércoles, 4 de marzo de 2015

Lo individual y la voluntad





  Pienso que lo colectivo podría hasta estar más o menos legitimado si es capaz de asumir lo individual como su principal esencia, lo colectivo como suma de individuos, no la anulación de éstos en aras de un imposible cerebro comunal.

  Hoy voy a recordar unos días del pasado cuando era estudiante en la Escuela de Arquitectura de Sevilla. Aquel final de curso del 74 ya sólo me quedaban dos asignaturas para acabar el año que me había programado y me dediqué a fondo a ellas en la segunda mitad del curso académico. Horas y horas de estudiar materiales de construcción, el libro, las normas, las prácticas. Cada día me sentía más encantado, y en cierto sentido divertido,  con el trabajo que estaba haciendo y deseaba examinarme para manifestar que dominaba aquella asignatura. Hacía mucho tiempo que entendí que en aquellos años en la Escuela, uno sólo iba a aprobar si era consciente de que sabía tanto o más que el profesor de cada asignatura. Eso hoy ya no es tan así.

  En aquella clase éramos unos 60 y la inmensa mayoría eran alumnos muy “comprometidos” con la izquierda radical, era lo propio de unos años del final del franquismo y en cierto sentido hasta lógico. Bien, el caso es que el profesor de Materiales de construcción era una persona un poco chapada a la antigua, presumiblemente muy malo para el alumno medio ya que no explicaba exactamente aquello que después iba a preguntar, pero, no obstante aquellas anécdotas que cada día contaba en clase es lo que, con los años, ha quedado para siempre en el poso de mis recuerdos de aquella asignatura y en esencia, de todo aquello que en realidad realmente vale la pena no olvidar relacionado con la asignatura. Además…su apariencia era “despreciable” para unos alumnos “progres”…tenía bigote y vestía siempre con chaqueta y corbata.

  En un momento determinado, nos encontramos con una gran asamblea en la clase, a pocos días del fin de curso. Aquellos alumnos radicales que sabíamos que se pagaban la carrera con su activismo político plantearon que era imprescindible para “mejorar la calidad de la asignatura” no presentarnos todos al examen final como protesta para lograr que la Escuela expulsase al citado profesor y su sustitución por otro “mejor”, otro que era afín a esos movimientos radicales colectivistas.

  Ante aquella tesitura, me levanté de mi asiento y les indiqué que, entendía que aquél no era el mejor profesor del mundo, pero que había que tomar en todo caso otras actitudes para no perjudicar al individuo, a las minorías, como yo, que si no me presentaba perdía el curso al que había dedicado tantas horas. Ellos son expertos en mover a las masas y rápidamente intentaron pasar de mí, así es que volví a levantarme y les dije que daba igual lo que decidieran, pero que yo me presentaba al examen, había pagado para ello y tenía derecho a presentarme, que ellos verían la decisión que colectivamente tomaban pero que a mi no me importaba nada, y me fui de la asamblea. Dos chicos más se levantaron y se fueron conmigo.

  Días después escuché como el profesor estaba considerando no plantear el examen para no dar lugar a males mayores, así es que le llamé por teléfono y quedamos con él en su casa otro chico y yo. Le dije que por favor, que no anulase el examen, que queríamos presentarnos un pequeño grupo. Entre lágrimas escondidas e incipientes, el hombre nos agradeció el gesto y nos dio las gracias al mismo tiempo que nos quiso indicar qué temas nos iba a poner en el examen. Aquello me dolió mucho. No, no quería que me dijera qué iba a preguntar, sino que, le dije, que yo quería exponer que de cualquier aspecto de la asignatura era capaz de poder desarrollarlo adecuadamente, que queria dar a conocer mis conocimientos de la asignatura, aquello, creo que le animó mucho más y quizá fue el instante en el que decidió que no iba a tirar la toalla.

  Dias antes del examen, a mi casa fue una cantidad de gente, de alumnos que iban a preguntarme que se habían enterado de que había hablado con el profesor y que les dijera que qué era lo que iba a poner en el examen. Mi respuesta siempre fue la misma…no lo sé, supongo que algo del libro y de los apuntes de la asignatura.

  El día del examen nos presentamos unos veinticinco, e hicimos el examen abstrayéndonos del vocerío inmisericorde del resto de los “concienciados”. A cada voz de aquella muchedumbre, mis neuronas me insistían….¡bien!, muy bien, es lo más moral que estás haciendo y esa chusma de ahí de por fuera de la puerta son mera y absoluta masa informe y moldeable, despreciable hasta el fondo del alma.

  Aprobamos todos lo que nos presentamos y el profesor siguió en su cátedra muchos años después.   Nunca en los años siguientes, ninguno de mis compañeros me recordó aquellos días ni por un momento, más bien al contrario, habitualmente solicitaban mis notas de clase para contrastar las suyas. Acabé la carrera y muchos años después comprobé in situ que mis apuntes a mano de muchas asignaturas se fotocopiaban y fotocopiaban e incluso se vendían en el departamento de reprografía de la Escuela.

  La conclusión que puedo decir que saqué de aquello es que la voluntad es infinitamente superior a cualquier contrariedad, que el individuo está muy por encima de lo colectivo, que lo que mueve el mundo es el acto, el trabajo y que, si uno pone su vida en manos de lo colectivo, ya está muerto.

domingo, 1 de marzo de 2015

¿Qué es el dinero?.




Muchas veces, en las más o menos airadas discusiones que surgen sobre el dinero, me gusta hacer referencia a lo que, entiendo, que es la mejor definición de dinero que alguien haya pronunciado nunca, más que nada porque es exacta y se resume en este texto que sigue a continuación extraído de la novela La Rebelión de Atlas de Ayn Rand. Si después de su lectura sigues insinuando que el dinero es malo, no has entendido nada:

-¿Así que creéis que el dinero es el origen de toda maldad? -dijo Francisco d’Anconia.

¿Alguna vez os habéis preguntado cuál es el origen del dinero? El dinero es un instrumento de cambio que no puede existir a menos que existan bienes producidos y hombres capaces de producirlos. El dinero es la forma material del principio que dicta que los hombres que desean tratar entre sí deben hacerlo por intercambio y dando valor por valor. El dinero no es el instrumento de mendigos que claman tu producto con lágrimas, ni el de saqueadores que te lo quitan por la fuerza. El dinero lo hacen posible sólo los hombres que producen. ¿Es eso lo que consideráis malvado?
Cuando aceptas dinero en pago por tu esfuerzo, lo haces sólo con el convencimiento de que lo cambiarás por el producto del esfuerzo de otros. No son los mendigos ni los saqueadores los que dan su valor al dinero. Ni un océano de lágrimas ni todas las armas del mundo pueden transformar esos papeles de tu cartera en el pan que necesitarás para sobrevivir mañana. Esos papeles, que deberían haber sido de oro, son una prenda de honor: tu derecho a la energía de los hombres que producen. Tu cartera es tu manifestación de esperanza de que en algún lugar del mundo a tu alrededor hay hombres que no transgredirán ese principio moral que es el origen del dinero. ¿Es eso lo que consideras malvado?
¿Has indagado alguna vez el origen de la producción? Mira un generador eléctrico y atrévete a decir que fue creado por el esfuerzo muscular de brutos insensatos. Intenta hacer crecer una semilla de trigo sin el conocimiento que te dejaron los hombres que tuvieron que descubrirlo por primera vez. Trata de obtener tu alimento sólo a base de movimientos físicos y aprenderás que la mente del hombre es la raíz de todos los bienes producidos y de toda la riqueza que haya existido jamás sobre la tierra.
¿Pero dices que el dinero lo hace el fuerte a expensas del débil? ¿A qué fuerza te refieres? No es la fuerza de armas o de músculos. La riqueza es el producto de la capacidad de pensar del hombre. Entonces, ¿hace dinero el hombre que inventa un motor a expensas de quienes no lo inventaron? ¿Hace dinero el inteligente a expensas de los tontos? ¿El competente a expensas del incompetente? ¿El ambicioso a expensas del holgazán? El dinero se crea antes de que pueda ser robado o mendigado; es creado por el esfuerzo de cada hombre honrado, de cada uno hasta el límite de su capacidad. Un hombre honrado es el que sabe que no puede consumir más de lo que produce.
Comerciar por medio de dinero es el código de los hombres de buena voluntad. El dinero se basa en el axioma de que cada hombre es dueño de su mente y de su esfuerzo. El dinero no da poder para prescribir el valor de tu esfuerzo excepto por el juicio voluntario del hombre que está dispuesto a entregarte su esfuerzo a cambio. El dinero te permite obtener por tus bienes y tu trabajo lo que ellos valen para los hombres que los compran, pero no más. El dinero no permite tratos excepto aquellos en beneficio mutuo y por el juicio no forzado de los comerciantes. El dinero exige de ti el reconocimiento de que los hombres han de trabajar para su propio beneficio, no para su propio perjuicio; para ganar, no para perder la aceptación de que no son bestias de carga nacidos para transportar el peso de tu miseria, que tienes que ofrecerles valores, no heridas, que el lazo común entre los hombres no es el intercambio de sufrimientos, sino el intercambio de bienes. El dinero exige que vendas, no tu debilidad a la estupidez de los hombres, sino tu talento a su razón; exige que compres, no lo peor que ofrecen, sino lo mejor que tu dinero pueda encontrar. Y cuando los hombres viven a base del comercio –con la razón, no la fuerza, como árbitro final– es el mejor producto el que triunfa, la mejor actuación, el hombre de mejor juicio y más habilidad, y el grado de la productividad de un hombre es el grado de su recompensa. Este es el código de la existencia cuyo instrumento y símbolo es el dinero. ¿Es eso lo que consideras malvado?
Pero el dinero es sólo un instrumento. Te llevará donde desees, pero no te sustituirá como conductor. Te dará los medios para la satisfacción de tus deseos, pero no te proveerá con deseos. El dinero es la plaga de los hombres que intentan revertir la ley de causalidad: los hombres que buscan reemplazar la mente adueñándose de los productos de la mente.
El dinero no comprará la felicidad para el hombre que no tenga ni idea de lo que quiere; el dinero no le dará un código de valores si él ha evadido el conocimiento de qué valorar, y no le dará un objetivo si ha evadido la elección de qué buscar. El dinero no comprará inteligencia para el estúpido, o admiración para el cobarde, o respeto para el incompetente. El hombre que intenta comprar los cerebros de sus superiores para que le sirvan, reemplazando con dinero su capacidad de juicio, acaba por convertirse en la víctima de sus inferiores. Los hombres de inteligencia lo abandonan, pero los embaucadores y farsantes acuden a él en masa, atraídos por una ley que él no ha descubierto: que ningún hombre puede ser inferior a su dinero. ¿Es ésa la razón por la que lo llamáis malvado?
Sólo el hombre que no la necesita está capacitado para heredar riqueza; el hombre que amasaría su propia fortuna, sin importar desde dónde comience. Si un heredero está a la altura de su dinero, éste le sirve; si no, le destruye. Pero vosotros lo ignoráis y clamáis que el dinero lo ha corrompido. ¿Lo hizo? ¿O fue él quien corrompió a su dinero? No envidiéis a un heredero indigno; su riqueza no es vuestra y no habríais estado mejor con ella. No penséis que debería haber sido distribuida entre vosotros; cargar al mundo con cincuenta parásitos en vez de uno no habría hecho revivir la virtud muerta que constituyó la fortuna. El dinero es un poder viviente que muere sin su raíz. El dinero no le servirá a la mente que no esté a su altura. ¿Es ése el motivo por el que lo llamáis malvado?
El dinero es vuestro medio de supervivencia. El veredicto que pronunciáis sobre la fuente de vuestro sustento es el veredicto que pronunciáis sobre vuestra vida. Si la fuente es corrupta, habéis condenado vuestra propia existencia. ¿Adquiristeis vuestro dinero por fraude? ¿Cortejando los vicios o estupideces humanas? ¿Sirviendo a imbéciles con la esperanza de conseguir más de lo que vuestra capacidad se merece? ¿Rebajando vuestros principios? ¿Realizando tareas que despreciáis para compradores que desdeñáis? En tal caso, vuestro dinero no os dará ni un momento, ni un centavo de alegría. Todo cuanto compréis se convertirá, no en una honra para vosotros, sino en un reproche; no en un triunfo, sino en un evocador de vergüenza. Entonces gritaréis que el dinero es malvado. ¿Malvado, porque no sustituye al respeto que os debéis a vosotros mismos? ¿Malvado, porque no os dejó disfrutar de vuestra depravación? ¿Es ésa la raíz de vuestro odio por el dinero?
El dinero siempre seguirá siendo un efecto y rehusará reemplazaros como la causa. El dinero es el producto de la virtud, pero no os dará la virtud y no redimirá vuestros vicios. El dinero no os dará lo inmerecido, ni en materia ni es espíritu. ¿Es ésa la raíz de vuestro odio por el dinero?
¿O acaso dijisteis que es el amor al dinero el origen de toda maldad? Amar una cosa es conocerla y amar su naturaleza. Amar el dinero es conocer y amar el hecho de que el dinero es la creación del mejor poder dentro de ti, y tu pasaporte para poder comerciar tu esfuerzo por el esfuerzo de lo mejor entre los hombres. Es la persona que vendería su alma por una moneda la que proclama en voz más alta su odio hacia el dinero, y tiene buenas razones para odiarlo. Los que aman el dinero están dispuestos a trabajar por él; saben que son capaces de merecerlo.
Os daré una pista sobre el carácter de los hombres: el hombre que maldice el dinero lo ha obtenido de forma deshonrosa; el hombre que lo respeta se lo ha ganado honradamente.
Huye por tu vida del hombre que te diga que el dinero es malvado. Esa frase es la campanilla de leproso de un saqueador acercándose. Mientras los hombres vivan juntos en la tierra y necesiten un medio para tratar unos con otros, su único sustituto, si abandonan el dinero, es el cañón de una pistola.
Pero el dinero exige de ti las más altas virtudes, si quieres hacerlo o conservarlo. Los hombres que no tienen valor, orgullo o autoestima, los hombres que no tienen un sentido moral de su derecho a su dinero y no están dispuestos a defenderlo como si defendieran sus vidas, los hombres que se excusan por ser ricos, no permanecerán ricos por mucho tiempo. Ellos son el cebo natural para las bandadas de saqueadores que se agazapan bajo las rocas durante siglos, pero que salen arrastrándose al primer indicio de un hombre que ruega ser perdonado por la culpa de poseer riqueza. Ellos se apresurarán a aliviarle de su culpa y de su vida, como se merece.
Entonces veréis el ascenso de los hombres de doble criterio, de los hombres que viven por la fuerza mientras cuentan con quienes viven del comercio para crear el valor del dinero que ellos roban, los hombres que son los polizones de la virtud. En una sociedad moral ellos son los criminales y los estatutos están escritos para protegerte de ellos. Pero cuando una sociedad establece criminales-por-derecho y saqueadores-por-ley, hombres que utilizan la fuerza para apoderarse de la riqueza de víctimas desarmadas, entonces el dinero se convierte en el vengador de quien lo creó. Tales saqueadores creen que no hay riesgo en robarles a hombres indefensos una vez que han aprobado una ley para desarmarlos. Pero su botín se convierte en el imán para otros saqueadores, que lo obtienen igual que ellos lo obtuvieron. Entonces el triunfo irá, no al más competente en producción, sino al más despiadado en brutalidad. Cuando la fuerza es la norma, el asesino triunfa sobre el ratero. Y entonces la sociedad se deshace, envuelta en ruinas y carnicerías.
¿Queréis saber si ese día va a llegar? Observad el dinero. El dinero es el barómetro de las virtudes de una sociedad. Cuando veáis que el comercio se realiza, no por compulsión, sino por consentimiento, cuando veáis que para poder producir, necesitáis obtener autorización de quienes no producen, cuando observéis que el dinero fluye hacia quienes trafican, no en bienes, sino en favores, cuando veáis que los hombres se enriquecen por soborno y por influencia en vez de por trabajo, y que tus leyes no te protegen contra ellos, sino que les protegen a ellos contra ti; cuando veáis la corrupción siendo recompensada y la honradez convirtiéndose en autosacrificio, podéis estar seguros que vuestra sociedad está condenada. El dinero es un medio tan noble que no compite con las armas y no pacta con la brutalidad. Nunca le permitirá a un país sobrevivir como mitad-propiedad, mitad-botín.
Siempre que aparecen destructores entre los hombres, empiezan por destruir el dinero, porque éste es la protección de los hombres y la base de una existencia moral. Los destructores se apoderan del oro y les dejan a sus dueños un montón de papeles falsos. Esto destruye todas las normas objetivas y deja a los hombres a merced del poder arbitrario de un arbitrario promulgador de valores. El oro era un valor objetivo, lo equivalente a la riqueza producida. El papel es una hipoteca sobre riqueza que no existe, sustentada por un arma apuntada a quienes se espera que la produzcan. El papel es un cheque cursado por saqueadores legales sobre una cuenta que no es suya: sobre la virtud de las víctimas. Vigilad el día en que el cheque sea devuelto con la anotación: “Cuenta sin fondos”.
Cuando hayáis convertido la maldad en vuestro medio de supervivencia, no contéis con que los hombres sigan siendo buenos. No contéis con que ellos se mantengan en la moral y pierdan sus vidas por el objetivo de convertirse en pasto para lo inmoral. No contéis con que produzcan cuando la producción es castigada y el robo recompensado. No preguntéis “¿Quién está destruyendo al mundo?” Sois vosotros.
Os encontráis en medio de los mayores logros de la más productiva civilización y os preguntáis por qué se está desmoronando a vuestro alrededor, mientras condenáis la fuente sanguínea que la alimenta, el dinero. Miráis el dinero como los salvajes hacían antes de vosotros y os preguntáis por qué la selva está acercándose al borde de vuestras ciudades. A través de la historia de la humanidad el dinero fue siempre usurpado por saqueadores de una marca u otra, cuyos nombres cambiaron, pero cuyos métodos permanecieron igual: apropiarse de la riqueza por la fuerza y mantener a los productores atados, degradados, difamados, despojados de honor. Esa frase sobre la maldad del dinero, que pronunciáis con ese irresponsable aire virtuoso, data de la época en que la riqueza era producida por la labor de esclavos, esclavos que repetían los movimientos descubiertos antes por la mente de alguien, y sin mejora durante siglos. Mientras la producción fue gobernada por la fuerza y la riqueza se obtenía a través de la conquista, había poco que conquistar. Sin embargo durante todos los siglos de estancamiento y hambrunas, los hombres exaltaron a los saqueadores como aristócratas de la espada, como aristócratas de nacimiento, como aristócratas del régimen; y despreciaron a los productores, como esclavos, como comerciantes, como tenderos, como industriales.
Para gloria de la humanidad, existió por primera y única vez en la historia del mundo un país del dinero, y no tengo más alto y más reverente tributo que ofrecerle a los Estados Unidos de América, porque eso significa un país de razón, justicia, libertad, producción y logro. Por primera vez la mente del hombre y el dinero fueron liberados, y no hubo más fortunas-por-conquista, sino sólo fortunas-por-trabajo, y en vez de guerreros y esclavos surgió el verdadero forjador de riqueza, el mayor trabajador, el tipo más elevado de ser humano: el “self-made man”, el hombre hecho a sí mismo, el industrial norteamericano.
Si me pedís que nombre la distinción más orgullosa de los norteamericanos, escogería, porque contiene todas las otras, el hecho de que fueron el pueblo que acuñó la frase: “hacer dinero”. Ningún otro lenguaje o país había usado antes estas palabras; los hombres siempre habían pensado que la riqueza era una cantidad estática, a ser arrebatada, mendigada, heredada, distribuida, saqueada u obtenida como un favor. Los norteamericanos fueron los primeros en entender que la riqueza tiene que ser creada. Las palabras “hacer dinero” contienen la esencia de la moralidad humana.
Pero estas fueron las palabras por las que los norteamericanos fueron denunciados por las decadentes culturas de los continentes de saqueadores. Ahora el credo de los saqueadores os ha llevado a considerar vuestros más dignos logros como motivo de vergüenza, vuestra prosperidad como culpa, vuestros mejores hombres, los industriales, como granujas, y vuestras magníficas fábricas como el producto y la propiedad del trabajo muscular; trabajo de esclavos manejados con látigos, como las pirámides de Egipto. El bellaco que gesticula que no ve diferencia entre el poder del dólar y el poder del látigo, debería aprender la diferencia en su propio pellejo, como creo lo hará.
A menos y hasta que descubráis que el dinero es el origen de todo lo bueno, estáis buscando vuestra propia destrucción. Cuando el dinero deja de ser el instrumento por el cual los hombres tratan unos con otros, entonces los hombres se convierten en instrumentos de los hombres. Sangre, látigos, pistolas... o dólares. Escoged; no hay otra opción y vuestro tiempo se está acabando.


Recomenzando






Hoy he decidido recuperar este blog que inicié en Febrero de 2007 y que representó en su momento un escape, una monografía mental expresada en pensamientos de unos momentos de brutal crisis generalizada. Ahora los momentos son otros.

¿He de definirme?...realmente simplificar de ese modo es difícil, claro que el nombre de este blog dice ya mucho de las intenciones de su autor o al menos de su pensamiento y actitud.

Si algo puedo aseverar es que amo la libertad sobre todas las cosas.

Estoy en total y esencial acuerdo con la mejor filósofa del siglo XX, Ayn Rand, y la realidad viene a certificar todas y cada una de las visiones más o menos catastróficas o quizá mejor, esperanzadoras, planteadas en la Rebelión de Atlas, por eso estoy en Rebelión yo también.

Soy arquitecto, una especie de Howard Roark del libro El Manantial, bueno, mas bien digamos que Howard es un mito heroico, una re-creación de la realidad, una tendencia, un límite filosófico hacia el que tiendo, pero no como un intento de anulación del yo y asimilación de la personalidad de ningún maestro o ideal, sino sencillamente porque detecto profundas afinidades entre el personaje-mito de Howard creado por Rand y yo mismo. Me repugna el proceso de desmitificación imperante de todo planteamiento heroico es más, el mito es para mí un referente moral y como tal aceptado por elección personal.

Y así pues, afirmo que sólo trabajo para mi mismo y que sólo en uno mismo está la claridad de la crítica pura. Uno mismo es el único juez de su trabajo, un juez inmisericorde e insoslayable.

No pienso en absoluto en que mi trabajo ha de servir para el bien comun, lo sé, de hecho, sé que una de las consecuencias del trabajo volcado hacia el propio bien personal es el bien consiguiente para los demás, pero pensar esto no es mi guia ni forma parte de las intenciones en diseño. Es el diseño en si mismo mi único objetivo, mi placer personal y la fuente de todos mis momentos duros y sobretodo dulces.

Creo en el individualismo más radical, es la unica forma de poder utilizar bien el cerebro como único medio de nuestra subsistencia. Es un código moral, el más elemental, el de volcarse hacia el mantenimiento de la propia vida y la consecución de nuestra personal felicidad.


No, no pienso en los demás, no son mi objetivo y si, estoy en Rebelión.